Refelexiones desde el Cochemotor
Por Rodny Alcolea Olivares
Ni sabios de la talla de Arquímides o Pitagoras, auxiliados por las modernas tecnologías de la actualidad, pudieran calcular cuántas personas caben, temprano en la mañana, en un cochemotor de los que cubren las rutas comprendidas entre la ciudad de Guantánamo y varios poblados de municipios cercanos a la capital provincial como Caimanera, Manuel Tames y El Salvador.
Estos coches motores son el medio de transporte más seguro, y para algunos de estos asentamientos el único, si de llegar a centros laborales y estudiantiles se trata.
En estas vetustas máquinas sobre rieles coinciden todos: la madre con un niño de meses entre sus brazos, el oficial de las FAR, los estudiantes, los enfermos que requieren de un turno médico en el principal centro hospitalario de la provincia, y hasta el campesino que va hasta las oficinas municipales correspondientes para la realización de algún trámite.
Son niños y niñas, jóvenes, hombres y mujeres de estos tiempos que como parte de este pueblo hacen de lo extraordinario algo cotidiano.
Hijos e hijas de una nación que enfrenta desde hace más de 60 años una política hostil, por parte de las 12 administraciones que gobernaron los Estados Unido, desde 1959 y hasta la fecha.
Gracias a su calidad constructiva, unido a las numerosas innovaciones realizadas durante estos años por aniristas de los talleres ferroviarios, estos cochemotores no dejaron de funcionar ni en los momentos más difíciles del Período Especial, a pesar de las abundantes carencias de piezas y maquinarias, junto a otras limitaciones, impuestas por el bloqueo.
Hasta finales de los ochenta del pasado siglo eran más el número de viajes, claro, y también era más abundante el transporte por carretera. Era una época en que usted se trasladaba desde un pueblo cercano a la cabecera provincial a tomar helado o ver una película, y luego regresar en horas de la noche, y todo a un precio muy barato, incluso en aquellos autos marca Dodge que fungían como taxi, y en los que una persona podía decir hacia donde ir y no al revés.
Una época de la que siempre habrá que hablar, aún desde el dolor de la nostalgia, pues hay una gran masa de cubanos jóvenes que no conoció esa Cuba.
Luego, con la llegada del fin del siglo todo cambió drásticamente como consecuencia de la crisis económica profundizada con la desaparición del campo socialista y fundamentalmente la URSS, y junto a esto el recrudecimiento del bloqueo con la aprobación de las Leyes Toricelli (1992) y Helms-Burton (1996), en los que para muchos constituía la estocada final a la Revolución.
Entonces se puso a prueba la capacidad de resistencia de nuestro pueblo, que liderado por Fidel, decidió no renunciar jamás a la libertad y los derechos sociales conquistados.
Aparecieron entonces medidas muchas veces dolorosas pero necesarias, las restricciones fueron palabra de orden, campos poco explorados de nuestra economía comenzaron a tener más luz y a dar su propio trigo, el calificado capital humano formado por la Revolución tomó su papel preponderante y la Patria siguió su rumbo, dejando a la mafia de adentro y de afuera del país, con las ganas de regresar a la Cuba bananera de la seudorepública.
Y así, sorteando obstáculos externos y otros muy nuestros, este proyecto social continúa su curso buscando ya la segunda década del tercer milenio de la era cristiana.
Por años crece la solidaridad y la admiración de los pueblos del mundo por esta Isla, el mismo respaldo que volveremos a tener una vez más cuando por vigesimoctava ocasión se realice en la sede de la ONU la votación de la Resolución “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”.
En momentos en que se recrudece la hostilidad de la administración Trump a la Isla, y los cubanos vivimos una contracción energética apreciable en nuestros sudores y cotidianidad.
Pero, a pesar de los pesares el país avanza en lo económico y lo social y la Revolución sigue su marcha incesante y perpetua, al igual que el viejo coche motor, cual símbolo de resistencia, continúa en sus viajes acumulando historias.